viernes, 25 de septiembre de 2009

Vidas en el aire.


Cuando decidí tragarme la llave de mi mente, se que hice sufrir a mis seres queridos, lo sé por que los veo a través de una ventana, veo que se acercan a mi cuerpo tendido, me agarran la mano y me dicen cosas que no alcanzo a entender, en cierto modo creo que les echo de menos.
Mi madre sobre todo, fue la única que llegó a comprender lo que me pasaba, casi al final, cuando ya había metido todo lo que me importaba en los bolsillos, y me disponía a comenzar el viaje mas apasionante de mi vida.
Desde pequeño, mi madre, me había arrastrado por las consultas de todos los psicólogos de la ciudad, achacaba mi comportamiento a la muerte de mi padre, se equivocaba.
Mi madre me reprochaba siempre, que hablaba solo, muchas veces le había dicho que no era verdad, y traté de presentarle a mis acompañantes pero, se negaba, decía que todo era producto de mi imaginación. Me sentaba en sus brazos y yo le contaba que una vez, me había visitado el viento, me había traído flores y arroz de muy lejos y que ahora mecía los álamos de la entrada, ella me miraba con melancolía en los ojos y bajaba la cabeza, yo le ponía las manos en el pelo, y simulaba el viento en sus cabellos, le contaba las cosas que había visto, cuando volaba mecido por las corrientes de aire y todo lo que me había contado.
Como vive la gente al otro lado del mundo.
Esa noche oí como mi madre, cerraba a golpes todas las ventanas de casa, incluso la mía.
A la mañana siguiente era mi cumpleaños, me levanté y encontré a mi madre sentada a mi lado, mirándome, me besó en la frente y me dio mi regalo, eran una brújula y un sextante.
-Son, para que no te pierdas en tus viajes, y puedas volver a casa siempre.
Me estrechó con fuerza entre sus brazos, tenía miedo.

Esa noche, sopló el viento con violencia, agitaba las ventanas y cargaba contra mi casa como si estuviera enfadado, notaba que me llamaba, quería entrar y yo… quería verlo.
Me levanté de cama sin hacer ruido, y abrí la ventana, noté su caricia prolongada, era cálida, entró con tanta fuerza que por un momento me mantuvo flotando a un palmo del suelo, formó un remolino y tiró todo lo que había en los estantes, incluidos los regalos de mi madre.
Quería llevarme con él, no quería que volvieran a separarnos las ventanas cerradas, me cogió de la mano, y pude ver como mi cuerpo caía suavemente sobre la alfombra.
Mi madre encontró mi cuerpo, vacío, con la brújula y el sextante a mi lado.
Cogió un rotulador rojo, y en la pared, escribió suavemente, las últimas palabras que le había susurrado al oído.
-Cada vez que me dejas solo……me voy con el viento.

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