miércoles, 9 de septiembre de 2009

Hugo


Yo creo que los sacos valen para muchas cosas, aunque mama diga lo contrario, yo no pienso quitármelo.
Como cada mañana, su madre le pedía por favor que se quitara el saco de cereal que llevaba puesto en el cabeza, apoyado en sus pequeños hombros. Era un saco de tela trenzada, bastante rígido y de color marrón claro, al que Hugo le había hecho dos agujeros con poco cuidado, para poder ver.
Sin embargo él siempre le contestaba lo mismo, que era su armadura protectora y que si se lo quitaba perdería sus poderes. Su madre se armaba de paciencia auto convenciéndose de que era un niño con mucha imaginación y que al final se cansaría y dejaría ver su pecosa cara, su pelo negro enredado y sus dientes separados.
En el colegio sus amigos lo tenían por un pequeño héroe, les encantaba escuchar todas las aventuras que diariamente vivía Hugo, que aunque sabían perfectamente que su casa estaba a unas cuantas manzanas, sus historias los trasladaban a mundos oníricos de valles verdes y princesas.
Las profesoras habían aprendido a respetarle, y se habían acostumbrado a la imagen de un niño con un saco de cereal en la cabeza, mirando por la ventana. Incluso habían llegado a un acuerdo con el, tendría que dejar el palo que siempre llevaba, en el paragüero de la entrada, y solo podría recogerlo al salir, para evitar que alguien se hiciera daño.
Los recreos con Hugo eran siempre batallas cruentas, donde casi siempre acababan muertos todos, incluyendo las princesas.
Las profesoras, desde la ventana disfrutaban el espectáculo con la excusa de vigilar por si alguno salía mal parado y no se explicaban cómo siempre acababan todos, tirados en el patio del parque, riéndose a carcajada viva, si se supone que estaban muertos.
Al salir del colegio, Hugo recogía su palo y hacía el camino de regreso, blandiendo su arma, saltando y lanzando estoques mortales al aire, que acababa por perdonarlo siempre.
Sabía perfectamente que como todos los días, hoy le esperaba un nuevo encuentro con el Sauce Malvado, su archienemigo, un viejo sauce medio encorvado con dos ramas sin hojas que a Hugo se le antojaban como garras de un viejo señor de la guerra.
Se paraba siempre en frente unos segundos con aire belicista, fruncía el ceño y apretaba la boca fuerte, como si la rabia que le inflingía la imagen del arcaico árbol, la avivaran años de especulación imaginativa.
Por fin, cuando había cosechado todo el valor que necesitaba, levantaba el palo, agarraba el saco con la otra mano y empezaba a correr y a gritar contra el silencioso sauce, que como cada día lo veía venir gritando, y lo abrazaba entre murmullos de hojas secas.
Al viejo sauce le encantaba que Hugo lo visitara, y sin que se enterara el pequeño, gritaba en silencio en cada estoque, interpretando un papel de villano que para nada le hacía justicia. Cuando Hugo, declarado vencedor del duelo, se sentaba bajo sus ramas, lo mecía suavemente custodiado por el viento cálido del sur. La despedida era amarga siempre, Hugo juraba venganza y el viejo sauce dejaba caer un par de hojas secas, que la brisa, su cómplice desde hacía mucho, recogería sin decir nada al bravo guerrero.
Hugo tenía el ánimo enaltecido por el fragor de la batalla, volvía a vencer a su enemigo, estaba eufórico y aun quedaba una parada antes de llegar a su casa, el molino de viento era la primera señal, y al pasarlo, el corazón le daba botes, y alguien al que Hugo había jurado muerte muchas veces le agarraba con fuerza la boca del estómago.



A lo lejos, al final de la colina, se podía ver la casa de Cristine, una pequeña casa de tejado de pizarra y una granja de gansos, cercados con una valla blanca en frente de la entrada.
Hugo se escondía detrás de los girasoles, y veía como Cristine le daba de comer a los gansos, era una niña de pelo negro ondulado, iba vestida con un camisón blanco que había visto días mejores y unos zuecos de madera.
Hoy los gansos estaban especialmente alborotados, así que Hugo decidió quedarse a vigilar, tenía un mal presentimiento, el aire estaba raro y denso, así que se sentó, y cuando Cristine entró en el cercado, vio que uno de los gansos levantaba la cabeza y desplegaba las alas, al retirarse hacia atrás Cristine, perdió un zueco y calló al suelo.
Hugo notó como algo le palpitaba en las sienes, salió como un huracán de entre los girasoles, gritando y moviendo el palo como un loco, aullándole improperios al palmípedo.

-¡Ganso malvado! ¡¡Deja en paz a Cristine!!

El ave, decidió retirarse, amedrentada por los gritos de Hugo, que sudaba de miedo.

-¡Hola Hugo! ¡¡¡Gracias!!! Ese ganso no me gusta mucho, siempre me quiere comer, pero hoy si no llega a ser por ti, lo hubiera conseguido.

Hugo tenía la cara enrojecida de la vergüenza, nunca había pensado recibir esos halagos de su querida Cristine.

-Esto…No pasa nada, ¡¡¡Tengo que irme!!! ¡¡Adiós Cristine!!
Se despidió agitando la mano con fuerza, cuando se hubo calmado un poco, retomó el camino a casa, se estaba haciendo de noche y su madre estaría preocupada. El camino que a los demás niños les llevaba 20 minutos, Hugo lo hacía en 3 horas, siempre que el sauce no opusiera mucha resistencia. Hoy era especialmente tarde y aun tenía que cruzar el puente de Riverside, era la parte más peligrosa del trayecto por que los coches pasaban a toda velocidad.
Al llegar a la entrada del puente, miró fijamente hacia los dos lados, pero no vio nada, cuando estaba por la mitad una ráfaga de viento, meneó su saco descolocándolo y tapándole los ojos, era noche cerrada, y cuando se lo acomodó de nuevo, ya era tarde.
Las luces de un Cadillac El Dorado, estaban ya en ese punto de no poder frenar para esquivar al crío. El golpe fue brutal, y el cuerpo del chico acabó flotando en los rápidos del río Side.
Lo enterraron al día siguiente, con todos los honores de un caballero, su madre tenía agarradas en sus manos, sus pertenencias, y había clavado el palo en el suelo.
Y allí estaban también sus compañeros, con sus espadas, los niños con los palos y las niñas con las flores.
El pueblo entero estaba conmocionado, y en su lápida rezaba así escrito:
Así acaban las armas de los niños, contra el acero de los hombres.
El sauce moriría poco tiempo después.
Ese año… la maestra daría clases ante 22 niños y niñas, todos ellos mirando a la ventana, todos.... con un saco de cereal en la cabeza.

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