martes, 1 de septiembre de 2009

Veraz


Tenía la fama sobradamente ganada, de años de dedicación a su trabajo, muchos decían que cada vez que creaba una de sus obras maestras, un destello hacía que sus ojos rejuvenecieran hasta un punto indeterminado de su pasado. Vivía única e inclusivamente para su trabajo, tenía su vida detrás de alguna puerta cerrada de su pequeña tienda de música, que hacía esquina con la avenida y un pequeño callejón, en el que un montón de vidas todas las noches, iban a clavarse chinchetas en los brazos para auparse en la corchera de la felicidad incapaces de hacerlo de otra manera. Amargamente una simple ráfaga de viento, los relegaba de nuevo al lugar del que provenían. La calle de los ilusos.
Veraz, era un hombre menudo, las arrugas habían invadido su cara, tomando como rehenes sus cansados ojos, que claramente, claudicaron al ver que el verdadero enemigo estaba dentro de los telones. Sus manos eran finas como la hiedra, eran manos de artesano, cuidadas tanto como maltratadas durante puede que demasiadas horas de locura y trabajo que acababan con Veraz durmiendo entre viruta de madera y olor a disolvente.
No le gustaba en absoluto fabricar violines, el quería tocar, le apasionaba el sonido del violín, lo tenía tan incrustado en la cabeza que era como una gema engarzada en sus sentidos, cualquier roce provocaba que empezara a sonar una melodía al azar, nada conocido, su mente era la compositora de las notas caprichosamente elegidas para sacarlo de quicio.
Había terminado recientemente uno de sus afamados violines, lucía impoluto sobre la mesa de trabajo, las cuerdas nuevas brillaban amenazantes con el aura extraña que solamente él era capaz de imbuir a sus obras.
Lo miró con rabia y miedo, dos sensaciones que le eran conocidas cada vez que terminaba un violín.
Se acercó, cogió el arco, estrechó su barbilla contra el apoyo y notó como la madera noble acariciaba su rostro mal afeitado. Disfrutó unos segundos de la calidez que le otorgaba tener el violín pegado a su cuello, el corazón se le aceleraba siempre hasta que notaba que el propio instrumento vibraba al compás de sus latidos.
Y empezaba a tocar, dos o tres notas, hasta que el arco afilaba las fibras, y rompía las cuerdas del violín.
Enajenado de rabia, tiraba el violín contra la mesa. Siempre lo mismo, no podía tocar más de dos notas seguidas, sin que se afilara el arco y destrozara el violín.
El maltrecho instrumento quedó tendido en el suelo, detrás de unos cortes de madera, como escondiéndose, su recién pulido cuerpo contrastaba con la opacidad de las maderas brutas.
Veraz se quedó un buen rato mirándose las manos, no entendía qué pasaba, qué tenía en las manos que le impedían tocar un violín. Miró atentamente sus manos, inmóviles ante la mirada de su director, siguió subiendo lentamente hacia el antebrazo, tenía las venas hinchadas de haber trabajado horas seguidas.
No sabía cuanto tiempo llevaba quieto mirándose, pero comenzó a remangarse hasta que su camisa vaquera llegó enrollada a la axila.
Cogió nuevamente el arco, hizo fuerza antes de apoyarlo en su extremidad.
Su mente reaccionaba como la de un crío descubriendo el sentido del tacto en su cuerpo, apoyó el arco contra su brazo, giró su muñeca y pulsó sus venas. Reaccionaron hinchándose repentinamente, ahora su brazo estaba lleno de gusanos verdosos palpitándole, pidiéndole a gritos que tocara.
El primer movimiento fue convincente y rápido, para no arrepentirse, para su sorpresa, al pulsar las venas, en su mente se reproducía la nota a la perfección.
Le siguió otro movimiento certero y preciso atrayendo el arco hacia su pecho, segunda nota, la sangre empezó a brotar por su brazo.
Tercera nota, un fa menor, que salpicó de sangre su contraída mejilla, las fibras del arco estaban totalmente ocultas por la carne de su brazo del que brotaba sangre a borbotones, pero la melodía no había acabado, tenía la partitura clara en su cabeza.
Cuarta nota, do mayor, estaba eufórico, alejaba y atraía el arco girando sobre sus pies, como si de un vals con la soledad se tratara.
Quinta nota y cierre, un mi sostenido, y su brazo cayó al suelo de madera, empapando los tablones.
Veraz, aun con el arco en la mano, sonreía satisfecho, mirando hacia arriba con el brazo en alto, esperando recibir aplausos de un publico inexistente, dos lentas reverencias, se apoyó contra el mostrador, y dejó que su cuerpo resbalara lentamente hasta encontrarse con el charco de sangre que había formado a sus pies.

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