martes, 4 de enero de 2011

Gerardo.


-¿¡Hola!? ¿Quién anda ahí?
-Soy…Soy yo Ramón, soy Gerardo.
-Ah, vaya ¡qué susto me ha dado!
-Si, ¿me abres… por favor?
-Si, entre que está lloviendo a mares.

Ya casi hacía una vuelta de calendario, que Gerardo venía por aquí, su esposa había muerto el 11 de abril, en mi vida podré olvidar ese día.
Estaba en la garita de vigilancia, mi puesto actual, yo era nuevo por aquel entonces y Gerardo era el Arquitecto responsable de la monstruosa obra a la cual dedico mi vida a vigilar.
Lo llamaron por teléfono del hospital, y yo fui a avisarle que tenía una llamada, cogió el teléfono con sumo cuidado, como si fuera urticante, escuchó el mensaje y colgó el teléfono con el mismo cuidado y muy lentamente, se apoyó en la mesa con las dos manos y me pidió que lo llevase al hospital, que era urgente.
Estuvimos tres días en el hospital y finalmente, tanto el como ella dejaron su vida a un lado.
Por lo que pude escuchar a los médicos, la mujer de Gerardo se había suicidado intoxicándose con pastillas.
Gerardo apareció por la obra al día siguiente, nadie entendía nada, Gerardo entró silencioso, cerró la puerta de su despacho y no salió hasta pasada la medianoche.
Le vi salir desabrigado, hacía un tiempo asqueroso pero parecía no darse cuenta, abrió el coche y se metió dentro, pero no llegó a encenderlo, estuvo varias horas hasta que finalmente salió y me pidió por favor que le abriese de nuevo la puerta.
A partir de ese día, las cosas empezaron a ponerse violentas, Gerardo había cambiado los planos a su antojo, sin decir nada a los promotores con lo que la mayoría, dejaron de aportar dinero.
Los albañiles empezaron a mostrarse preocupados por quién pagaría su nómina a fin de mes, pero Gerardo aseguró que a nadie le faltaría un céntimo, así que la obra continuó lentamente con los nuevos cambios que había introducido.
Nadie se dio cuenta, de lo que Gerardo estaba haciendo, solo levantaban pisos y pisos, la edificación se tornó musculosa y llena de nervios, las medidas a priori sinsentido. Había pisos de enormes dimensiones y otros ridículos, pero los obreros no se preocupaban, solamente ponían ladrillo sobre ladrillo, viga sobre viga bajo las órdenes que Gerardo les dejaba impresas en los planos.
Pero todo cambió el martes de la semana pasada, me fui a las seis de la mañana, y decidí dar un rodeo por el alto del Moriano, me habían dicho que inaugurarían un mirador y me acerqué a curiosear. Casualidad, estaba la cadena abierta y metí el coche…
Al mirar hacia el edificio de Gerardo, noté como mis pulmones reventaban el aire en una exhalación, un hormigueo me subió desde las últimas vértebras y me inundó los carrillos…
Dónde hace un año pensaban levantar un bloque de edificios de bajo presupuesto, ahora podía verse claramente un hombre inclinado de rodillas, delante de una mujer que mira al cielo.
-Maldito loco… Se me escaparon esas palabras, casi sin querer.
En dónde acababa la pierna del hombre inclinado, se veía el despacho de Gerardo con la luz encendida.

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